En estos cuadros, Tejedor explora el rostro humano como territorio de conflicto: caras desgarradas que oscilan entre la máscara y la verdad, entre el “no soy lo que parezco” y el “soy exactamente lo que ves”.
Sus figuras, intensas y desquiciadas, habitan en un límite inestable entre la cordura y la locura, mostrando una humanidad fragmentada, cruda y sin concesiones.
En su expresionismo figurativo, el retrato deja de ser representación para convertirse en grito: una afirmación incómoda y vibrante de lo que somos cuando ya no podemos fingir.